Siempre hay alternativa

Sin lugar a dudas, las ventajas que ofrece hacer psicoterapia "cara a cara" donde un gesto, una mirada, un silencio dicen tanto o más que las palabras son innumerables.

Pero hay momentos y/o circunstancias en la vida de las personas en que esta posibilidad no existe, y es entonces cuando el poder recurrir a un psicólogo-a a través de las nuevas tecnologías constituye una alternativa, pues la persona puede encontrar el espacio apropiado para sentirse escuchada y recibir la orientación y apoyo psicológico que requiera.

Entre las ventajas que puede ofrecer esta modalidad de psicoterapia se podría mencionar el anonimato, facilitando la intimidad y deshinibición, la disponibilidad para adaptarse al horario que mejor venga o disminución del coste económico.

Además, mediante la publicación de pequeños artículos sobre diferentes temáticas, me gustaría convertir este espacio en un lugar para la reflexión y análisis personal construido conjuntamente, donde sean ustedes quienes vayan haciendo propuestas de temas que les resulten de interés.

¿Comenzamos?

jueves, 27 de abril de 2017

LA NECESIDAD DE PONER NORMAS

Si mis padres no me ponen hora de llegada a casa por las noches, yo supongo que es porque no les importo”, “mis padres están siempre fuera de casa y yo puedo hacer lo que me da la gana, no les preocupa mucho lo que me pase”.
Con estas palabras, que sorprenden a muchos padres, se expresaba un chico de unos catorce años; en ellas podemos entrever que los hijos necesitan pautas y normas para sentirse seguros.
Hemos pasado de las restricciones excesivas y asfixiantes en las que se educaba antes; a todo lo contrario, es decir, a una excesiva indulgencia, cercanos a la dejadez, que por miedo, ideas equivocadas y mala comprensión del desarrollo psicológico de los niños, nos paralizan a la hora de ejercer la función de padres.
Se hace hincapié en la necesidad de mostrarse afectuoso, comunicativo e indulgente con las necesidades del niño y muy tolerante con su comportamiento. Este planteamiento es muy favorable para facilitar el desarrollo sin ansiedades pero, en exceso, implica jóvenes sin motivación, con dificultad para decidir su futuro. Tanto emocional como económicamente se mantienen en un estado de dependencia.
El fallo puede estar en que no aprendan a enfrentarse con la realidad, con las inevitables frustraciones de la vida. Parece que “a fuerza de” no negarles nada, no llegan a desarrollar “la fuerza para” conseguir las cosas por sí mismos. Esa fuerza es necesaria para conseguir el éxito en cualquier campo y no sólo en el aspecto escolar.
Es difícil exigir a los hijos que cumplan la parte del trato implícito que supone la convivencia: “yo doy, tú das”. Hay muchos motivos, veamos algunos:
  • Nos asusta defraudarlos
  • No sabemos o no queremos decir “no”
  • No queremos frustrarlos,... ”ya sufrirán cuando sean mayores"   
  • Nos preocupa ser considerados autoritarios
  • No queremos que sufran lo que nosotros sufrimos
  • Compensamos la falta de tiempo y dedicación con una actitud indulgente (y culpable)
  • Tenemos miedo al conflicto y a sus malas caras
  • Nos parece que actuamos con egoísmo si imponemos normas que nos faciliten la vida


¿Cuáles son los errores más frecuentes que padres y madres cometemos cuando interaccionamos con nuestros hijos?
Estos son los principales errores que, con más frecuencia, debilitan y disminuyen la autoridad de los padres:
·         La permisividad. Es imposible educar sin intervenir. El niño, cuando nace, no tiene conciencia de lo que es bueno ni de lo que es malo. No sabe si se puede rayar en las paredes o no. Los adultos somos los que hemos de decirle lo que está bien o lo que está mal. El dejar que se ponga de pie encima del sofá porque es pequeño, por miedo a frustrarlo o por comodidad es el principio de una mala educación. Un hijo que hace "fechorías" y su padre no le corrige, piensa que es porque su padre ni lo estima ni lo valora. Los niños necesitan referentes y límites para crecer seguros y felices.
·         Ceder después de decir no. Una vez que usted se ha decidido a actuar, la primera regla de oro a respetar es la del no. El no es innegociable. Nunca se puede negociar el no, y perdone que insista, pero es el error más frecuente y que más daño hace a los niños. Cuando usted vaya a decir no a su hijo, piénselo bien, porque no hay marcha atrás. Si usted le ha dicho a su hijo que hoy no verá la televisión, porque ayer estuvo más tiempo del que debía y no hizo los deberes, su hijo no puede ver la televisión aunque le pida de rodillas y por favor, con cara suplicante, llena de pena, otra oportunidad. Hay niños tan entrenados en esta parodia que podrían enseñar mucho a las estrellas del cine y del teatro.
En cambio, el sí, sí se puede negociar. Si usted piensa que el niño puede ver la televisión esa tarde, negocie con él qué programa y cuanto rato.
·         El autoritarismo. Es el otro extremo del mismo palo que la permisividad. Es intentar que el niño/a haga todo lo que el padre quiere anulándole su personalidad. El autoritarismo sólo persigue la obediencia por la obediencia. Su objetivo no es una persona equilibrada y con capacidad de autodominio, sino hacer una persona sumisa, esclavo sin iniciativa, que haga todo lo que dice el adulto. Es tan negativo para la educación como la permisividad.
·         Falta de coherencia. Ya hemos dicho que los niños han de tener referentes y límites estables. Las reacciones del padre/madre han de ser siempre dentro de una misma línea ante los mismos hechos. Nuestro estado de ánimo ha de influir lo menos posible en la importancia que se da a los hechos. Si hoy está mal rayar en la pared, mañana, también. Igualmente es fundamental la coherencia entre el padre y la madre. Si el padre le dice a su hijo que se ha de comer con los cubiertos, la madre le ha de apoyar, y viceversa. No debe caer en la trampa de: "Déjalo que coma como quiera, lo importante es que coma".
·         Gritar. Perder los estribos. A veces es difícil no perderlos. De hecho todo educador sincero reconoce haberlos perdido alguna vez en mayor o menor medida. Perder los estribos supone un abuso de la fuerza que conlleva una humillación y un deterioro de la autoestima para el niño. Además, a todo se acostumbra uno. El niño también a los gritos a los que cada vez hace menos caso: Perro ladrador, poco mordedor. Al final, para que el niño hiciera caso, habría que gritar tanto que ninguna garganta humana está concebida para alcanzar la potencia de grito necesaria para que el niño reaccionase. Gritar conlleva un gran peligro inherente. Cuando los gritos no dan resultado, la ira del adulto puede pasar fácilmente al insulto, la humillación e incluso los malos tratos psíquicos y físicos, lo cual es muy grave. Nunca debemos llegar a este extremo. Si los padres se sienten desbordados, deben pedir ayuda: tutores, psicólogos, escuelas de padres...
·         No cumplir las promesas ni las amenazas. El niño aprende muy pronto que cuanto más promete o amenaza un padre/madre menos cumple lo que dicen. Cada promesa o amenaza no cumplida es un girón de autoridad que se queda por el camino. Las promesas y amenazas deber ser realistas, es decir fáciles de aplicar. Un día sin tele o sin salir, es posible. Un mes es imposible.
·         No negociar. No negociar nunca implica rigidez e inflexibilidad. Supone autoritarismo y abuso de poder, y por lo tanto incomunicación. Un camino ideal para que en la adolescencia se rompan las relaciones entre los padres y los hijos.
·         No escuchar. Dodson dice en su libro El arte de ser padres, que un buen padre-madre es quien escucha a su hijo aunque esté hablando por teléfono. Muchos padres se quejan de que sus hijos no los escuchan. Y el problema es que ellos no han escuchado nunca a sus hijos. Los han juzgado, evaluado y les han dicho lo que habían de hacer, pero escuchar... nunca.
·         Exigir éxitos inmediatos. Con frecuencia, los padres tienen poca paciencia con sus hijos. Querrían que fueran los mejores... ¡ya!. Con los hijos olvidan que nadie ha nacido enseñado. Y todo requiere un periodo de aprendizaje con sus correspondientes errores. Esto que admiten en los demás no pueden soportarlo cuando se trata de sus hijos, en los que sólo ven las cosas negativas y que, lógicamente, "para que el niño aprenda" se las repiten una y otra vez.

Lo que se ha llamado un ambiente familiar suficientemente bueno, es aquel que reacciona con cariño a la vez que permite que el niño experimente, de modo gradual y acorde con su maduración, una cantidad creciente de frustración.
Es necesario proteger al niño pero también dejar que se exponga gradualmente a experiencias en las que no logre todo lo que desea. La capacidad del niño para enfrentarse a la realidad depende de esto.
Este proceso de tolerancia a la frustración, que se desarrolla paulatinamente, permite que el niño aprenda a manejar su ansiedad y su agresividad. Cuando esto no se realiza bien, el niño puede volverse apático y pasivo o, por el contrario, irascible.
La educación perfecta no existe, sobre todo si la consideramos como un conjunto de normas utilizadas como una receta; no hay un niño igual a otro ni siquiera en la misma familia, así que más que fórmulas estándar, podemos disponer de guías para orientarnos en situaciones diversas.

Algunas ideas que pueden servir de guía:
Estos consejos sólo requieren, por un lado, el convencimiento -muy importante- de que son efectivos y, por otro, llevarlas a la práctica de manera constante y coherente.
Algunas de estas técnicas ya han sido comentadas al hablar de los errores, y ya no insistiré en ellas. Me limitaré a enunciar brevemente, actuaciones concretas y positivas que ayudan a tener prestigio y autoridad positiva ante los hijos.
·         Tener unos objetivos claros de lo que pretendemos cuando educamos. Es la primera condición sin la cual podemos dar muchos palos de ciego. Estos objetivos han de ser pocos, formulados y compartidos por la pareja, de tal manera que los dos se sientan comprometidos con el fin que persiguen. Requieren tiempo de comentario, incluso, a veces, papel y lápiz para precisarlos y no olvidarlos. Además deben revisarse si sospechamos que los hemos olvidado o ya se han quedado desfasados por la edad del niño o las circunstancias familiares.
·         Enseñar con claridad cosas concretas. Al niño no le vale decir "sé bueno", "pórtate bien" o "come bien". Estas instrucciones generales no le dicen nada. Lo que sí le vale es darle con cariño instrucciones concretas de cómo se coge el tenedor y el cuchillo, por ejemplo.
·         Hay que cuidar el lenguaje con que nos dirigimos a los niños. Debemos reflexionar si nos dirigimos de forma positiva y constructiva ("la próxima vez hazlo mejor", “cuanto antes hagas los deberes, antes irás a jugar”) o negativa y destructiva ("no debes hacer así esto"). El lenguaje positivo implica expresarse de forma afirmativa y fijarse en lo positivo. El lenguaje negativo hace hincapié en lo erróneo, en los defectos…
·         Dar tiempo de aprendizaje. Una vez hemos dado las instrucciones concretas y claras, las primeras veces que las pone en práctica, necesita atención y apoyo mediante ayudas verbales y físicas, si es necesario. Son cosas nuevas para él y requiere un tiempo y una práctica guiada.
·         Valorar siempre sus intentos y sus esfuerzos por mejorar, resaltando lo que hace bien y pasando por alto lo que hace mal. Pensemos que lo que le sale mal no es por fastidiarnos, sino porque está en proceso de aprendizaje. Al niño, como al adulto, le encanta tener éxito y que se lo reconozcan.
·         Dar ejemplo para tener fuerza moral y prestigio. Sin coherencia entre las palabras y los hechos, jamás conseguiremos nada de los hijos. Antes, al contrario, les confundiremos y les defraudaremos. Un padre no puede pedir a su hijo que haga la cama si él no la hace nunca.
·         Confiar en nuestro hijo. La confianza es una de las palabras clave. La autoridad positiva supone que el niño tenga confianza en los padres. Es muy difícil que esto ocurra si el padre no da ejemplo de confianza en el hijo.
·         Actuar y huir de los discursos. Una vez que el niño tiene claro cual ha de ser su actuación, es contraproducente invertir el tiempo en discursos para convencerlo. Los sermones tienen un valor de efectividad igual a 0. Una vez que el niño ya sabe qué ha de hacer, y no lo hace, actúe consecuentemente y aumentará su autoridad.
·         Reconocer los errores propios. Nadie es perfecto, los padres tampoco. El reconocimiento de un error por parte de los padres da seguridad y tranquilidad al niño/a y le anima a tomar decisiones aunque se pueda equivocar, porque los errores no son fracasos, sino equivocaciones que nos dicen lo que debemos evitar. Los errores enseñan cuando hay espíritu de superación en la familia.


Si un niño vive con hostilidad, aprende a pelear.
Si un niño vive con el ridículo, aprende a ser tímido.
Si un niño vive avergonzado, aprende a sentirse culpable.
Si un niño vive en la crítica, aprende a condenar.
Si un niño vive en la tolerancia, aprende a ser paciente.
Si un niño vive estimulado, aprende a tener confianza.
Si un niño vive con equidad, aprende a ser justo.
Si un niño vive en seguridad, aprende a tener fe.
Si un niño vive con aprobación, aprende a quererse a sí mismo.
Si un niño vive con aceptación y amistad, ¡aprende a encontrar el amor en el mundo!


domingo, 30 de agosto de 2015

¿El suicidio es la solución?

Me sorprende ver como muchas personas que se sienten vacías, tristes, decepcionadas, recurren a internet para decir  quiero morir, me quiero quitar la vida. Pero más me sorprende que vean en suicidarse la mejor manera de resolver los conflictos externos o internos que se les presentan.
Nos podemos encontrar con diferentes opiniones al respecto, algunas personas lo ven como una solución cómoda, quitarse del medio es la forma más rápida y fácil de acabar con el sufrimiento de un plumazo.
Otras lo definen como una respuesta de cobardes, y la critican por ver a la persona como que no es capaz de enfrentarse a la situación y buscar formas alternativas de solución para salir adelante.
Para otras, el suicidio es un reflejo de un acto que requiere una enorme fuerza y valentía, pues la persona se desprende de todo lo que ha conseguido a lo largo de su vida, se desprende de su vida.
Sean unas u otras las críticas que se hacen a este hecho, lo cierto es que las personas que se encuentran en esta tesitura les envuelve un profundo sufrimiento, un profundo vacío, fruto de un trastorno mental que se caracteriza por distorsiones cognitivas que les impiden ver la realidad de manera adecuada y sentirse responsables de buscar otras posibles soluciones al sufrimiento.   
Las conductas suicidas a menudo ocurren como respuesta a una situación que la persona ve como abrumadora, tales como el aislamiento social, la muerte de un ser querido, un trauma emocional, enfermedades físicas graves, el envejecimiento, el desempleo o los problemas económicos, los sentimientos de culpa, y la dependencia de las drogas o el alcohol.
Pero ante esto, nos podemos preguntar qué es lo que hace que ante las mismas situaciones desestabilizadoras que pueden llevar a unas personas a decidir acabar con su vida, otras decidan enfrentarse a ellas y buscar otras soluciones alternativas a la conducta suicida.
Surge en este punto el concepto de resiliencia, que en los seres humanos es la capacidad para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas y ser transformado positivamente por ellas (Groterberg, 1996).
Aprender a fortalecer la resiliencia podría verse como un mecanismo de defensa de la vida en contra de la muerte como solución.
Consejos para fortalecer la resiliencia:
·         Establezca relaciones — Es importante establecer buenas relaciones con familiares cercanos, amistades y otras personas importantes en su vida. Aceptar ayuda y apoyo de personas que lo quieren y escuchan, fortalece la resiliencia. Algunas personas encuentran que estar activo en grupos de la comunidad, organizaciones basadas en la fe, y otros grupos locales les proveen sostén social y les ayudan a tener esperanza. Ayudar a otros que le necesitan también puede ser de beneficio para usted.
·         Evite ver las crisis como obstáculos insuperables — Usted no puede evitar que ocurran eventos que producen mucha tensión, pero sí puede cambiar la manera como los interpreta y reacciona ante ellos. Trate de mirar más allá del presente y piense que en el futuro las cosas mejorarán. Observe si hay alguna forma sutil en que se sienta mejor, mientras se enfrenta a las situaciones difíciles.
·         Acepte que el cambio es parte de la vida — Es posible que como resultado de una situación adversa no le sea posible alcanzar ciertas metas. Aceptar las circunstancias que no puede cambiar le puede ayudar a enfocarse en las circunstancias que sí puede alterar.
·         Muévase hacia sus metas — Desarrolle algunas metas realistas. Haga algo regularmente que le permita moverse hacia sus metas, aunque le parezca que es un logro pequeño. En vez de enfocarse en tareas que parecen que no puede lograr, pregúntese acerca de las cosas que puede lograr hoy y que le ayudan a caminar en la dirección hacia la cual quiere ir.
·         Lleve a cabo acciones decisivas — En situaciones adversas, actúe de la mejor manera que pueda. Llevar a cabo acciones decisivas es mejor que ignorar los problemas y las tensiones, y desear que desaparezcan.
·         Busque oportunidades para descubrirse a sí mismo — Muchas veces como resultado de su lucha contra la adversidad, las personas pueden aprender algo sobre sí mismas y sentir que han crecido de alguna forma a nivel personal. Muchas personas que han experimentado tragedias y situaciones difíciles, han expresado tener mejoría en el manejo de sus relaciones personales, un incremento en la fuerza personal aun cuando se sienten vulnerables, la sensación de que su autoestima ha mejorado, una espiritualidad más desarrollada y una mayor apreciación de la vida.
·         Cultive una visión positiva de sí mismo — Desarrollar la confianza en su capacidad para resolver problemas y confiar en sus instintos, ayuda a construir la resiliencia.
·         Mantenga las cosas en perspectiva — Aun cuando se enfrente a eventos muy dolorosos, trate de considerar la situación que le causa tensión en un contexto más amplio, y mantenga una perspectiva a largo plazo. Evite agrandar el evento fuera de su proporción.
·         Nunca pierda la esperanza — Una visión optimista le permite esperar que ocurran cosas buenas en su vida. Trate de visualizar lo que quiere en vez de preocuparse por lo que teme.
·         Cuide de sí mismo — Preste atención a sus necesidades y deseos. Interésese en actividades que disfrute y encuentre relajantes. Ejercítese regularmente. Cuidar de sí mismo le ayuda a mantener su mente y cuerpo listos para enfrentarse a situaciones que requieren resiliencia. Formas adicionales de fortalecer la resiliencia le podrían ser de ayuda. Por ejemplo, algunas personas escriben sobre sus pensamientos y sentimientos más profundos relacionados con la experiencia traumática u otros eventos estresantes en sus vidas. La meditación y las prácticas espirituales ayudan a algunas personas a establecer relaciones y restaurar la esperanza.”  
Lo cierto es que no son las diferentes situaciones que van apareciendo a lo largo de nuestra vida las que nos llevan a dar el mal paso de sacarnos la vida para dejar de sufrir, sino que es la interpretación y el modo de afrontar cada una de ellas lo que hace que nos sintamos más o menos capaces de valorar la vida ante todo.

Adquiere así enorme importancia el sentido de responsabilidad sobre nuestros sentimientos. Que nos sintamos tristes, desgraciados, enfadados con el mundo, luchadores, depende de cómo nos narremos lo que está sucediendo a nuestro alrededor, de cómo dejemos que manipule lo más valioso que tenemos, nuestra vida.  

viernes, 22 de agosto de 2014

¿Para qué luchar contra corriente?



Es bastante frecuente escuchar en personas que acuden a pedir ayuda psicológica frases como “no quiero sentirme así”, “no puedo hacer nada por evitar…”, etc. Y es justo la interiorización de esa narrativa la que dificulta la recuperación.
En ocasiones, luchar contra lo que sentimos, más que ayudar genera una mayor frustración pues no conseguimos el cambio deseado, dando lugar a un aumento del malestar y sufrimiento.  
Queremos sentirnos bien, si, y el primer paso para iniciar la sanación es reconocer y aceptar nuestros sentimientos. Hasta que no tocamos el fondo con el pie, no estaremos en disposición de coger impulso para alcanzar la superficie y respirar.
¿Qué sucede cuando te digo que no pienses en un elefante amarillo? Lo primero que te viene a la mente es un elefante amarillo. No puedes evitarlo. Lo mismo sucede con la tristeza, la rabia, la ansiedad,…. Están ahí, y al negarlas lo que conseguimos es que crezcan y crezcan, llegando a arrastrarnos con ellas.
Queremos vivir y nos olvidamos de convivir. De lo que se trata es de aprender a convivir con todas las clases de sentimientos. Porque están los que nos producen malestar, pero también los que generan bienestar. Ambos forman parte de la realidad humana.   

Reconocer, aceptar, permitir que los sentimientos y pensamientos que vuelven nuestra vida gris fluyan, y centrar la atención en las diferentes formas de darle color. Así conseguiremos que pierdan su valor, podamos ver la vida desde otra óptica y tengamos fuerza para ir en la dirección adecuada.    

sábado, 9 de agosto de 2014

Hay más víctimas




Los niños y niñas, hijos e hijas de mujeres víctimas de violencia de género son víctimas también de esa violencia de género. Ven y sufren a una madre maltratada, en vez de protectora. Ven y sufren a un padre maltratador, en vez de protector. Es fundamental entender que violencia de género no son sólo las lesiones físicas, sino el miedo y la anulación que sufren tanto mujeres como niños y niñas.
Los seres humanos son los mamíferos que dependen durante más tiempo de sus padres antes de llegar a su total independencia. Para crecer sanamente un niño necesita comida, cobijo, ejercicio físico y muchas horas de sueño, pero además son indispensables un vínculo sano y seguro con aquellos adultos que se encargan de su crianza.
Investigaciones en psicología infantil dan mucha importancia a la influencia que tienen los diversos modos de vinculación que existen entre el niño y sus figuras de apego desde la primera infancia sobre el proceso de desarrollo.
Muchos niños y niñas expuestos a la violencia dentro de su hogar sufren por dentro y no son atendidos porque las madres o padres sienten que los problemas son entre la pareja y no les atañen.
A partir de la revisión de diferentes estudios sobre los efectos de la violencia de género en niños y niñas destacan:
-        problemas de socialización
-        síntomas depresivos
-        miedos
-        alteraciones del sueño
-        síntomas regresivos
-        problemas de integración en la escuela
-        cambios emocionales y de comportamiento
-        síntomas de estrés postraumático
-        en algunos casos la muerte
La violencia de género afecta directamente las pautas de crianza de los niños y niñas, porque su propio sufrimiento les dificulta a los miembros de la pareja su disponibilidad emocional para los niños y niñas y el acuerdo necesario en las normas de crianza.   
Es importante tomar conciencia de que estos hijos e hijas se ven inmersos en una realidad que ellos no han elegido y que, en la mayoría de los casos, procesan inadecuadamente, no pudiendo avanzar por ellos mismos en su proceso de recuperación sino que es necesario el acompañamiento de una persona adulta, su madre siempre que sea posible.
Por ello, después de iniciar el trabajo personal con la mujer, es fundamental trasladar esta intervención a su rol materno, para poder convertirla en un elemento clave en la recuperación de sus hijos e hijas, que se suma a la intervención directa que se realiza con éstos.     

Extraído de Manual de atención para los niños y niñas de mujeres víctimas de violencia de género en el ámbito familiar



jueves, 31 de julio de 2014

¿Tú o yo?


Quieres que cambie para que las cosas les vaya mejor, no ayudas nunca en casa, si tú fueras de otra manera yo no sería tan infeliz… Eres tú, tú y tú! Y lo que hace más complejo, e incluso yo diría absurdo todo, es que nos lo acabamos creyendo.
Ya bien dice el refrán que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Nuestra mirada fácilmente se centra en defectos, fallos, y todo lo que hace el otro, pero en nosotros la dificultad es mayor. Nos es más cómodo culpabilizar al otro de nuestros males que aceptar que nosotros también nos podemos equivocar.
Pero, ¿qué implica culpabilizar o responsabilizar al otro? Por un lado nos convertimos en personas pasivas, dependientes. En la medida en que hagamos al otro responsable de nuestra felicidad, le damos un mayor poder sobre nuestra vida. Yo no puedo hacer nada por buscar mi bienestar. ¿Es cierto?
Por otro, ese tirar piedras sobre el tejado ajeno, más que hacer que la otra persona cambie, lo que produce es un distanciamiento. Si siempre me estás atacando, yo no voy a acercarme a ti, sino que me pondré a la defensiva porque he de evitar las piedras que me lanzas. ¿Conseguimos así el efecto deseado?  
Sería muy fácil poder tener una varita mágica que nos permitiera cambiar al otro a nuestro gusto, pero eso no depende de nosotros. Lo que sí está en nuestra mano es asumir la responsabilidad de ¿qué puedo hacer yo por cambiar lo que me está causando malestar? Es fundamental modificar la mirada. Mirar al otro desde el amor, respeto y aceptación de su ser, con ello es como se obtiene el propio respeto y aceptación individual que pedimos.   
Y después comenzar a hablar desde mí y no de ti. Más que el siempre recurrido “eres tal o cual”, que puede llegar a resultar ofensivo, mostrar a la otra persona que aquello que expreso es mío: mis sentimientos (“Yo me siento mal”), mis opiniones (“Yo opino que...”) y mis deseos y preferencias (Me gustaría que...”), a causa de algo que ha sucedido. Esto garantiza que haya una mayor predisposición a que la otra persona nos escuche, se acerque y actúe con mayor libertad. Y el cambio que se produzca será más efectivo.

Al final, la decisión última está en nosotros. No te puedo cambiar y hacer culpable de mis problemas, pero sí puedo y debo decirte como me siento y hacerme responsable de las decisiones que tome en búsqueda de mi bienestar personal.

lunes, 21 de julio de 2014

Carta de un hijo a sus padres

No me des todo lo que pido.
A veces sólo pido para ver hasta dónde puedo llegar.
No me grites.
Te respeto menos cuando lo haces, y me enseñas a gritar a mí también y yo no quiero hacerlo.
No me des siempre órdenes.
Si en vez de órdenes a veces me pidieras cosas, yo lo haría más rápido y con más gusto.
Cumple las promesas buenas o malas.
Si me prometes un premio, dámelo, pero también si es un castigo.
No me compares con nadie, especialmente con mi hermano o mi hermana. 
Si tú me haces sentir mejor que los demás alguien va a sufrir y si me haces sentir peor que los demás, seré yo quien sufra.
No cambies de opinión tan a menudo sobre lo que debo hacer.
Decide y mantén esa decisión.
Déjame valerme por mí mismo.
Si tú haces todo por mí yo nunca podré aprender.
No digas mentiras delante de mí ni me pidas que lo haga por ti, aunque sea para sacarte de un apuro.
Me haces sentirme mal y perder la fe en lo que me dices.
Cuando yo hago algo malo no me exijas que te diga por qué lo hice.
A veces ni yo mismo lo sé.
Cuando estás equivocado en algo, admítelo y crecerá la opinión que yo tengo de ti, y así me enseñaras a admitir mis equivocaciones también.
Trátame con la misma amabilidad y cordialidad con la que tratas a tus amigos.
Porque seamos familia no quiere decir que no podamos ser amigos también.
No me digas que haga una cosa cuando tu no la haces.
Yo aprenderé lo que tú hagas aunque no lo digas. Pero nunca haré lo que tú digas y no hagas.
Cuando te cuente un problema mío no me digas: "no tengo tiempo para bobadas" o "eso no tiene importancia".
Trata de comprenderme y ayudarme.
Y quiéreme, y dímelo.
A mí me gusta oírtelo decir aunque no creas necesario decírmelo.


¿Recuerdas tu infancia-adolescencia? ¿Cómo la viviste? ¿Te resuenan estas palabras?
¿Qué te hace reflexionar de cara a tu función de padre o madre?


martes, 15 de julio de 2014

El valor de las expectativas

Tus hijos no son tus hijos (Kahlil Gibran)

Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.
Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.
Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.
Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.




Es bien sabido que como padres y madres deseamos lo mejor para nuestra prole. Ese desear lo mejor puede abarcar muchísimas áreas, que van desde que puedan tener acceso a todas esas actividades que nosotros no tuvimos posibilidad, a intentar que aprendan a tocar un instrumento determinado porque la educación musical es muy importante para su desarrollo, a que estudien una carrera universitaria que les garantice el futuro, o a sentir una mezcla de sentimientos entre pena y miedo de que crezcan, pues dejan de estar bajo nuestras faldas y lo que les espera ahí fuera tiene aparejado muchos riesgos o porque sentimos como amenaza que la dependencia hacia nosotros que tienen en las primeras etapas de su crecimiento, disminuya.

Éstas son sólo algunas de las funciones que como padres y madres tenemos en la educación y formación de nuestros hijos e hijas. Ellos, a lo largo de su proceso evolutivo, necesitan de nuestra guía, de nuestro apoyo y presencia que les vaya marcando el camino satisfactorio hacia la vida adulta.

Pero el desear lo mejor puede tener su trampa. Existe una fina línea entre las necesidades reales que presentan en las diferentes etapas del desarrollo, y que estamos ahí para cubrir y satisfacer en pro de una adecuada formación como personas autónomas y responsables, y todas las expectativas que volcamos en esas personitas que, a priori, dependen de nosotros.

Y es en este punto donde me gustaría que reflexionásemos. Hay ocasiones, en que estas expectativas no son reales, y se convierten en, partiendo de que pensamos que es lo mejor para nuestro hijo o hija, en un deseo de que él o ella fueran de otra manera. Que estudien más, que aprendan a tocar el piano y a hablar inglés, francés y alemán, que sean los mejores deportistas, más sociables, y siempre nos digan todo lo que nos quieren y necesitan,… y que cada cuál añada sus propias expectativas.

Cuando comenzamos a darnos cuenta de que de todo lo que proyectamos sobre nuestra hija o hijo hay cosas que se cumplen y cosas que no, puede darse una tendencia a la frustración, a las exigencias, a la tensión en las relaciones familiares, a las inseguridades y desconfianzas, etc. ¿Somos conscientes de lo que supone no saber identificar esa delgada línea y las consecuencias de sobrepasarla?

Al poner sobre las espaldas de un niño o niña nuestras expectativas y/o deseos, sin tener en cuenta sus motivaciones, intereses, aptitudes o características personales, existe la posibilidad de correr ciertos riesgos. Por ejemplo, si a nuestra hija no le gusta tocar el piano, muestra sus resistencias, y nos empeñamos en que vaya a clases porque creemos que le viene bien, por un lado nos enfrentamos a nuestra frustración, ella no es como lo que deseamos o habíamos imaginado, por otro, para la niña puede cobrar peso la idea de que no llega a donde sus padres quieren, generándole problemas de autoestima. Todo ello produce un deterioro de los lazos afectivos.

Tener expectativas sobre los hijos e hijas es positivo porque son el motor que el estilo de crianza, pero es fundamental que como padres y madres dejemos de mirarnos el ombligo y atendamos más a la individualidad de nuestra hija o hijo en busca de su felicidad que a nuestros propios deseos para quedarnos con la consciencia tranquila.