Tus hijos no son tus hijos (Kahlil Gibran)
Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.
Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.
Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.
Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.
Es bien sabido que como padres y madres deseamos lo mejor para
nuestra prole. Ese desear lo mejor puede abarcar muchísimas áreas, que van
desde que puedan tener acceso a todas esas actividades que nosotros no tuvimos
posibilidad, a intentar que aprendan a tocar un instrumento determinado porque
la educación musical es muy importante para su desarrollo, a que estudien una
carrera universitaria que les garantice el futuro, o a sentir una mezcla de
sentimientos entre pena y miedo de que crezcan, pues dejan de estar bajo
nuestras faldas y lo que les espera ahí fuera tiene aparejado muchos riesgos o
porque sentimos como amenaza que la dependencia hacia nosotros que tienen en
las primeras etapas de su crecimiento, disminuya.
Éstas son sólo algunas de las funciones que como padres y madres
tenemos en la educación y formación de nuestros hijos e hijas. Ellos, a lo
largo de su proceso evolutivo, necesitan de nuestra guía, de nuestro apoyo y
presencia que les vaya marcando el camino satisfactorio hacia la vida adulta.
Pero el desear lo mejor puede tener su trampa. Existe una fina
línea entre las necesidades reales que presentan en las diferentes etapas del
desarrollo, y que estamos ahí para cubrir y satisfacer en pro de una adecuada
formación como personas autónomas y responsables, y todas las expectativas que
volcamos en esas personitas que, a priori, dependen de nosotros.
Y es en este punto donde me gustaría que reflexionásemos. Hay
ocasiones, en que estas expectativas no son reales, y se convierten en,
partiendo de que pensamos que es lo mejor para nuestro hijo o hija, en un deseo
de que él o ella fueran de otra manera. Que estudien más, que aprendan a tocar el
piano y a hablar inglés, francés y alemán, que sean los mejores deportistas, más
sociables, y siempre nos digan todo lo que nos quieren y necesitan,… y que cada
cuál añada sus propias expectativas.
Cuando comenzamos a darnos cuenta de que de todo lo que
proyectamos sobre nuestra hija o hijo hay cosas que se cumplen y cosas que no,
puede darse una tendencia a la frustración, a las exigencias, a la tensión en
las relaciones familiares, a las inseguridades y desconfianzas, etc. ¿Somos conscientes de lo
que supone no saber identificar esa delgada línea y las consecuencias de
sobrepasarla?
Al poner sobre las espaldas de un niño o niña nuestras
expectativas y/o deseos, sin tener en cuenta sus motivaciones, intereses, aptitudes
o características personales, existe la posibilidad de correr ciertos riesgos. Por
ejemplo, si a nuestra hija no le gusta tocar el piano, muestra sus resistencias,
y nos empeñamos en que vaya a clases porque creemos que le viene bien, por un lado
nos enfrentamos a nuestra frustración, ella no es como lo que deseamos o habíamos
imaginado, por otro, para la niña puede cobrar peso la idea de que no llega a
donde sus padres quieren, generándole problemas de autoestima. Todo ello
produce un deterioro de los lazos afectivos.
Tener expectativas sobre los hijos e hijas es positivo porque son
el motor que el estilo de crianza, pero es fundamental que como padres y madres
dejemos de mirarnos el ombligo y atendamos más a la individualidad de nuestra
hija o hijo en busca de su felicidad que a nuestros propios deseos para quedarnos con la consciencia tranquila.

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